De Gaulle en África

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El pasado viernes, Francia homenajeaba a Charles De Gaulle con motivo de los 70 años desde que el famoso general se erigiera en líder de la resistencia francesa contra Hitler. Era entonces un desconocido que hablaba a sus conciudadanos desde Londres: “Pase lo que pase, la llama de la resistencia o debe apagarse, ni se apagará jamás. Mañana, como hoy, hablaré en la radio de Londres”.

El llamamiento se extendió por el país, miles de soldados se unieron a su causa, consiguió el apoyo de Gran Bretaña y Estados Unidos y, en agosto de 1944, París era liberado y De Gaulle entraba triunfante por los Campos Elíseos. En septiembre se puso al frente de un Gobierno de Unidad Nacional desde donde oganizaría las siguiente elecciones en las que, por cierto, las mujeres votarían por primera vez -poe una vez, nosotros fuimos por delante de Francia, aunque nos duró poco-.

Ya por entonces, De Gaulle tenía claro la importancia de África para la ‘grandeza de Francia’. Fue de él quien surgió la idea de celebrar la Conferencia de Brazaville, en la que si bien se reconocía  la necesidad de revisar las relaciones entre la metrópoli y sus colonias, se dejaba claro que la independencia se haría de forma teledirigida: siempre según las condiciones y la supervisión de París.

El general De Gaulle en Brazaville, el 30 de enero de 1944.

Tras las elecciones, De Gaulle siguió en la política con su propio partido, pero no volvió reamente al candelero hasta 1958, cuando fue llamado por el entonces presidente de la República para hacerse cargo del Gobierno. ¿Por qué él? Porque se le consideraba el único capaz de hacerse cargo del ‘problema’ de Argelia. Comenzaba la ‘etapa africana’ de De Gaulle. Nacía, además, la V República francesa.

De Gaulle, como tantos otros presidentes del Elíseo, no dirigió sólo las vidas de los franceses, sino las de muchos africanos que durante años estuvieron a merced de las decisiones tomadas en París. Desde 1946, las colonias africanas se habían convertido en ‘territorios de ultramar’, una especie de premio por su apoyo durante la Guerra que consistía básicamente en que podían elegir un par de delegados que les representarían en la Asamblea Nacional en París.

Pero para cuando De Gaulle llega al poder, los estados africanos exigen ya mucho más. Habían  tenido lugar las primeras independencias (Ghana, 1957) y las colonias francesas se resisten a seguir siendo ‘territorios de ultramar’.

El carismático líder de la Resistencia toma entonces las riendas y ofrece la creación de una ‘Commounauté’, que en realidad no era más que una falsa federación en la que la metrópoli seguía teniendo todo el poder: las decisiones sobre política exterior, la defensa, la moneda, la política económica y financiera común, así como la política de las materias primas estratégicas y, salvo acuerdo en contrario, el control de la justicia, la enseñanza superior, la organización general de los transportes exteriores comunes y las telecomunicaciones pertenecían a París.

A pesar de ello, la idea de la Commounauté se votó en referéndum el 28 de septiembre de 1958, tanto en Francia como en las colonias, y todos se decantaron por el “sí” excepto Guinea, liderada por Sekou Touré. Pero la realidad es que los dirigentes africanos ya se sentían tentados por la independencia y el voto afirmativo respondía tan sólo al miedo a perder  la ayuda financiera y técnica francesa en caso de elegir el “no”.

De hecho, justo un año después, el 28 de septiembre de 1959, Senegal y Malí exigían oficialmente acceder a la Independencia. Tras unas semanas de reflexión, De Gaulle ofrece su aquiescencia a las demandas de ambos países. De esta manera, los dos estados se independizan, pero continúan dentro de la Comunidad y mantienen la moneda francesa. En realidad, era la jugada que preveía De Gaulle, una independencia controlada, que no se le fuera de las manos a París, como había sucedido con Argelia. Francia conseguía deshacerse de la carga política que suponían las colonias, pero mantenía las relaciones económicas y, además, vendía su actuación al mundo con un discurso a favor de la independencia revestido con los colores de la libertad, muy acorde a los tiempos que corrían en los primeros años 60.

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