Cuaderno de memorias coloniales

Cuando, a la edad de nueve años, Isabela Figueiredo abandonó Mozambique tras la independencia del país, volaba de vuelta al país de origen de sus padres con un encargo claro: contar a los portugueses, y al mundo entero, lo que los negros salvajes habían hecho con los colonos tras la independencia. Contar “todo lo que nos han hecho, que perdimos todo, que el dinero no vale nada, que no hay para comer. Que van a matarse los unos a los otros. Que no quieren trabajar y se morirán de hambre. Que África está condenada sin blancos”.  

Cuaderno de memorias colonialesUna pesada carga para una niña pequeña que, no sólo volvía a un país de origen en el que nunca había puesto los pies y en el que tendría que enfrentarse al estigma de los retornados, sino que, además, había vivido lo suficiente como para saber que no todo era como ellos le decían que lo contara. Una niña que había visto con sus ojos el racismo, la superioridad y la violencia indiscriminada con la que los colones trataban a los negros, y que cuando se dispuso a contarlo “todo” -más de 30 años después- decidió hacerlo sin esconder la dura realidad que había acompañado los años de la colonización portuguesa en Mozambique. Sin esconder la parte que correspondió a su familia, incluido, y especialmente, a su querido padre. Sin esconder siquiera aquella vez en la que ella también se dejó llevar y dió una bofetada a una niña mestiza sin razón alguna. Porque sí, porque era fácil, porque era lo normal. Porque sabía que no le iba a contestar. 

Una honestidad muy presente desde el prólogo, en el que recuerda que todo esto es que la sociedad portuguesa prefirió esconder, porque lo que no es honroso es mejor hacerlo desaparecer. “No vimos, no sabíamos, nunca oímos hablar, no nos enteramos de nada”.

“Un blanco y un negro no eran sólo de razas diferentes. La distancia entre blancos y negros era equivalente a la que existe entre especies distintas. Ellos eran negros, animales. Nosotros éramos blancos, personas, seres racionales”. Así describe Figueiredo la relación entre colonos y colonizados. Una frase que condensa por sí sola todo el ideario racista y supremacista, mamado y reproducido por unos colonos que, en su mayoría, no eran más que pobres diablos expulsados de Portugal por la falta de oportunidades, pero que nada más poner un pie en la colonia obtenían un claro estatus de superioridad. Trabajadores que ascendían de nivel según descendían de las escaleras del avión que los hacía aterrizar en Lourenco Marqués. Una realidad de la que todos se aprovechaban aunque todos podían negar. Porque, aunque se pareciera mucho a las políticas racistas y segregacionistas puestas en marcha por el Apartheid en Sudáfrica, no estaba escrito negro sobre blanco. Así, luego todos pudieron decir que nadie sabía nada, que no se enteró de nada. 

Cuaderno de memorias…. refleja muy bien las relaciones de poder colonial, pero no sólo: a las diferencias raciales se suman las sociales y de género. Y todas se superponen en las vidas de las mujeres negras de las barriadas pobres de Maputo (Lourenco Marqués en la época). El profundo machismo del Portugal de los 60 y 70 trasladado a las colonias, donde las apariencias y el qué dirán se hacían incluso más asfixiantes que en la metrópoli, pues había que mantener la inmaculada sociedad llegada de la metrópoli. 

El libro, que ha sido traducido y editado en 2021 por Libros del Asteroide, se publicó en Portugal por primera vez hace ya más de una década -2009-, provocando una considerable polémica con algunos sectores, pero abriendo también una veda a la verdad, a una historia un poco más completa de lo que supuso el colonialismo en Mozambique, contado además a partir de las vivencias personales de una niña que muy pronto empezó a sentir que aquello no estaba bien, no podía estar bien