I had a farm in Africa

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    Desde que vimos la película, (Memorias de África) la dichosa frase se nos ha quedado como un latiguillo tonto que utilizamos para las más absurdas situaciones. Lo mismo nos vale para un roto que para un descosido y la decimos así, alargando un poco las palabras, como hace Meryl Streep en la peli, con su cadencia y su acento.

    Por ejemplo, cuando alguien dice, refiriéndose a Johannesburgo, que está en África, el resto le contestemos a coro en plan, “Sí, claro, y I had a farm in Africa, no te jode”. I had a farm in Africa

    También, y aunque no tenga nada que ver con la película, una de las muchas acepciones que le hemos dado a la frasecilla en cuestión es la de “tío blanco con pasta convencido de que, oye, mira, con el Apartheid tampoco vivían tan mal los negros”. No sé muy bien por qué, supongo que debido a que aquí los afrikáners eran los grandes terratenientes, bueno, y todavía lo siguen siendo. Así, si yo conozco a un hombre o una mujer de este tipo, se lo contaría al resto de compañeros como “ayer conocí a uno de los de I had a farm in Africa”.

    Son gente que te dice que ‘in the old days’ estas cosas no pasaban, -por ejemplo, que necesites un día para hacer los papeles del coche o que el autobús pase una vez cada tres horas-. ‘The old days’ se refiere, claro, al Apartheid, la dictadura, el periodo de la segregación, como quieras llamarlo, pero desde luego queda mucho más bonito denominarlo ‘the old days’.

    El caso es que el viernes pasado, en las miles de horas de avión y escalas que me llevaron a Madrid, conocía a uno de los de ’I had a farm in Africa’, pero uno de los de verdad. Tendría poco más o menos mi edad pero todas las características para poder decir la frasecilla con propiedad y nostalgia real.

    De madre inglesa y padre sudafricano, el chaval era originario de Zimbabwe, donde se habían asentado sus padres para trabajar una gran granja. Pongamos, por redondear, que tuviera 30 años, lo que significaría que había nacido en realidad en Rhodesia del Sur, como se llamaba antes Zimbabwe, y donde hasta el año 80 hubo un sistema muy parecido al del Apartheid.

    Allí había crecido y vivido feliz hasta hace una década, cuando su granja fue ocupada violentamente. Aprovechando la nacionalidad del padre, la familia había decidido venirse a Sudáfrica. Desde entonces tienen también una inmensa propiedad en este país y han diversificado sus negocios a la construcción.

    El chico me contó que ahora se iba ahora a Londres, donde también tiene familia, porque el sector estaba parado y no había mucho trabajo. Cuando le dije que yo era de Madrid, me contó que pretendía aprender español y a la pregunta de por qué, me respondió que porque pretendían invertir en tierras en Uruguay, que ni él ni su familia se fiaban del devenir de Sudáfrica y que Latinoamérica era más seguro.

    Yo no pude evitar desconfiar -prejuicios, sí, lo sé- y pensar en él como en uno de los de los ‘old days’. Pero no, no pronunció el eufemismo. Tampoco se le notaba resentimiento en la voz. De hecho, hablaba como diciendo: “mira, yo tengo mis tierras, mi dinero y mi trabajo, si intentan joderme, me voy y santas pascuas, aquí los que pierden son ellos; yo me voy con mi inversión a otra parte”.

    Y eso me preocupó. Porque ya se sabe que en economía a veces importa más la percepción que la realidad, y la percepción de este chico era que en cualquier momento les podían quitar las tierras. Por lo poco que yo sé del tema, ésa es una posibilidad bastante remota, aunque es cierto que cíclicamente te habla del tema, probablemente con la intención del Gobierno de calmar a los que exigen una verdadera reforma agraria.

    Entiendo que una familia llegada de Zimbabwe tenga el miedo metido en el cuerpo y no se fíe ya de nadie, pero el problema es que en estas cosas todo es empezar: si tu vecino se va, cómo te vas a quedar tú. Durante los primeros años de la Transición democrática, unas 800.000 personas blancas abandonaron Sudáfrica, y se calcula que cada uno de estos supuso la pérdida de cinco puestos de trabajo en el país. Si ahora que Sudáfrica afronta su primera recesión económica en 17 años comenzaran a irse los empresarios, la situación volvería a repetirse. Y esto sería muy peligroso para el país.

    I had a farm in Africa
    [Foto: Online NewsHour: Land redistribution in South Africa. Una página interesantísima para todo lo relacionado con la incipiente y muy gradual Reforma Agraria que se está llevando a cabo en el país].

    Con esto no quiero decir que no sea necesaria una Reforma Agraria, pero una de verdad, para dar tierras a los pequeños campesinos a los que les fueron arrebatadas hace no tanto tiempo. Pero sí que sería un problema que se hiciera a lo loco como en Zimbabwe, donde las ocupaciones no han sido más que eso y la tierra no ha ido a parar ni mucho menos a quienes de verdad la necesitaban y estaban dispuestos a trabajarlas, sino a los amigotes de turno del Gobierno.

    Y tampoco quiero decir que Sudáfrica esté en el camino de Zimbabwe, ni muchos menos, pero sólo el hecho de que haya gente que lo piense, ya es un problema.

    Al hilo de esto, un artículo interesante publicado en el años 2000:
    Zimbabue/ «La guerra de las fincas» . ¿Será Sudáfrica la siguiente?

    Liz McGregor, la autora, venía a dejar claro que NO, pero no todos los propietarios de tierras parecen sentirse seguros.

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