Hasta siempre, Factoría.

    2

    Se acaba Factoría y esta vez parece que es de verdad. Cuesta creérselo porque ya habíamos oído esto muchas veces pero todo apunta a que ésta es la definitiva. Ahora que habíamos salido del ‘zulo’ y estábamos en una planta casi noble, ahora que unas letritas en la pared ‘anunciaban’ que existíamos, y ahora que en teoría hasta teníamos un ‘archivo’ para los libros. Justo ahora, a tomar por culo todos.

    Aunque yo ya no estoy allí, hablo en plura porque me siento como si hubiera estado hasta el último día. En Factoría me lo he pasado tan bien y he aprendido tantas cosas que me encantaba ir a trabajar. (Sobre todo al principio, no vamos a mentir, luego ya cada vez iba teniendo menos ganas).

    Cuanto estábamos con la Guerra Civil, me acuerdo que hubo un día de fiesta en el que hubo que volver a editar todo un tomo. Yo estaba en el coche, camino del pueblo, y me llamaron en plan “oye, te vendría bien venir después de comer para ayudarnos a editar? Recibí la llamada como a 10 km. de Talavera, pero casi sin pensarlo le respondí “Ah, sí, sí, me viene perfecto, a las 4 estoy allí”. Mis padres se enfadaron, claro, y les tuve que contar el cuento de que hombre, era mi jefe, cómo le iba a decir que no, imagínate, esto es un periódico, mamá, hay que ir cuando hay que ir… Pero la verdad es que fui porque me dio la santa gana. Y me cogí la ‘doaldi’, que es como llamamos nosotros al autobús que va de Madrid al pueblo pero que supongo que tendrá otro nombre, y me fui para Pradillo tan feliz.

    Qué tiempos, Pradillo. Algún que otro cigarrito en el despacho del jefe, un ‘botellón’ improvisado una tarde de viernes, la cafetera que trajo Laura y de la que no nos deshicimos hasta que estaba ya casi con moho, hacer ‘chimeneas’ absurdas con noticias leídas a medias en el archivo del New York Times -para no tener que pagar, nos las apañábamos con el titular y las dos primeras líneas de la noticia- …

    En fin.

    Era el trabajo perfecto y se tenía que acabar. Y probablemente sea lo mejor para todos, porque haremos otras cosas, conoceremos otros compañeros, viviremos historias nuevas. Pero da tanta pena. Sobre todo por la gente.

    Los tres históricos, que resistieron hasta el final, Ana, Borja y Fer.
    Los que se fueron, Miguel, Juanma, Silvia, Laura, Dani
    Los de la ‘Nueva Factoría‘: Cris, Manu, Munera, Elena, Rubén
    Los eternos colaboradores: Senén, Isabel, Revilla…
    Los de Zac -¿quién será ese tal Zac?-
    El jefe, con sus cosas, pero que siempre nos dejó hacer lo que queríamos y, gracias a eso, estoy yo ahora aquí.
    Hasta del ‘cuñado’ me acuerdo, y eso que nunca he hablado con él, no tiene nada que ver con Factoría y salía medio espantada si me lo cruzaba por el pasillo…
    [Ay, espero que no se me olvide nadie, que esto de las enumeraciones tiene peligro y yo soy muy políticamente correcta…]

    En fin. Sólo espero que a Fer, que se queda, lo pongan en una buena sección, en Opinión o algo así, a meter caña a todo el que se mueva -y al que no también- o que hagan un grupo nuevo de gente y otros recién llegados como nosotros tengan la suerte de currar con él.

    Fer, que ha sido de todo (estudiante de filosofía en sus ratos libres, camarero, vendedor del ‘De Verdad’, miembro de no sé qué grupo de ultraizquierda, amigo de los judíos, objetor, lector del ABC en Lavapiés, tertuliano de la radio, doctorando, miembro de otra no sé qué historia por la Tercera República, francófilo, adjunto, cocinero, ayudante de la papelería de su pueblo…) menos periodista, – “eso nunca”- era el que siempre se levantaba a buscar un libro -‘Hay que leer, coño, todo está en los libros”-, el que a última hora siempre encontraba la foto perfecta, el que se quedaba el domingo a leer el texto que había llegado tarde, el que siempre sabía de alguien que podía escribir un análisis sobre lo más recóndito que se te pueda ocurrir sobre el franquismo… Vamos, sin el que nunca hubiera salido adelante ni el primer tomo de la primera colección, así que espero que ahora pueda descansar un poco y hacer algo que le guste más todavía.

    [Y vaya desde aquí este pequeño ‘homenaje’ aprovechando que ya no es mi jefe, y no tiene mucha pinta de que vaya a volver a serlo, y no me puede decir “Alcojor, coño, no me hagas la pelota”].

    Hasta siempre, Factoría.

    2 comentarios

    1. Ay jefa, qué tristeza… Pero tienes razón, la desintegración de Factoría va a ser para bien. Lo que hacíamos con los avances de hemeroteca del NYT es el ejemplo perfecto del virtuosismo de la Factoría auténtica. Y por cierto, al filtro de la cafetera llegó el moho, que yo lo vi y casi quiso subirme por el brazo. Me he emocionado con tu post, voy a ver si le doy difusión. Un beso fuerte. -B.

    Dejar respuesta

    Escribe tu comentario
    Introduce tu nombre