Zapatos y barbacoas

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    El fútbol empieza ya a ser un tema recurrente en este blog, pero es que el miércoles pasó algo que me ha hecho reflexionar. Cuando hablamos de pobreza y falta de recursos, lo solemos hacer en abstracto, casi como si no fuera con nosotros. Y a veces está mucho más cerca de lo que nos parece.

    Resulta que el miércoles llegó nuestra equipación, muy mona ella, con camiseta, pantalón y medias a juego, el emblema del equipo, nuestros números y hasta nuestro nombre. En fin, una chorrada que nos dio por hacer y no nos costó más de 30 euros. Ese mismo día, cuando estábamos de estreno, invitamos a jugar un partido a dos chicos que estaban por allí con un balón de fútbol. Después de un rato me di cuenta de que uno de ellos estaba jugando descalzo -ese día, como todos, había llovido mucho y el campo estaba muy mojado-. Estuve a punto de hacerle una broma al respecto pero lo pensé por un momento y no dije nada. Lo más probable es que este chico sí tenga zapatos, pero sólo unos o pocos, y no quiera estropearlos jugando al fútbol. ¿Cuánto pueden costar unos deportivos? ¿Cómo puede estar el mundo tan mal repartido?

    Ayer se volvió a dar otra situación similar. Hicimos una barbacoa y, aunque intentamos por todos los medios comprar lo mínimo, nos sobró comida, como siempre. Cuando estábamos terminando, se acercó uno de los guardias de seguridad hasta donde estábamos, justo cuando recogíamos todo. En un plato había bastante carne que habíamos hecho pero que ya no queríamos y nos preguntamos los unos a los otros si debíamos dársela al guardia o no. No sabíamos qué hacer porque a lo mejor le parecía que le dábamos las sobras y le podía parecer mal, así que tiramos la comida casi delante de sus narices. Nada más meter la bolsa en la basura nos preguntó si había sobrado comida. Nos quedamos todos con cara de tontos y, yo personalmente, no pude evitar volver a sentirme culpable, igual que en el fútbol.

    Por si sirve de algo, al menos ya sabemos qué hacer para otra vez. Como remedio tardío, no pudimos hacer otra cosa que darle dos paquetes de pinchos de pollo que ni si quiera habíamos abierto.

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