Migrantes hacinados en Malawi en su camino hacia Sudáfrica

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Muchas veces hemos hablado de los movimientos migratorios internos en África, un fenómeno poco conocido pero que afecta a un número mucho mayor de personas que las migraciones entre África y Europa.

Dentro del continente, existen varios ‘polos de atracción’ de migrantes económicos y uno de ellos es, sin duda, Sudáfrica. Este país atrae a ciudadanos de países vecinos (Mozambique, Zimbabue, Angola y, por supuesto, Lesotho y Swazilandia), pero también a personas de lugares tan lejanos como Etiopía o Somalia. Y son éstos quienes más dificultades y violaciones de derechos humanos sufren en su camino hasta Eldorado del Sur. Además de la distancia y la falta de recursos, los migrantes se encuentran también con los impedimentos impuestos por algunos de los países de paso, tal y como sucede en Malawi, por ejemplo, según denuncia un informe de Médicos del Mundo.

Malawi envía directamente a prisión a todos los migrantes arrestados por la policía por entrada ilegal en el país. Prisiones donde malviven junto a delincuentes firmemente condenados, hacinados en celdas de hasta 147 personas, en lamentables condiciones higiénicas -hay un grifo para cada 900 personas y una letrina para cada 120-, y sin apenas alimentos. En esta situación, “muchos de ellos presentan desnutrición, neumonía, paludismo y úlceras por presión”, según el informe, ya que no pueden apenas ni tumbarse para dormir.

 Prisioneros esperando autorización para salir a los espacios communes, después de 14 horas en la celda, en la prisión de Chichiri (Blantyre). El hacinamiento es un problema crónico en Malawi. En esta prisión de la imagen fue construida para unos 800 prisioneros, pero en la actualidad malviven en ella unos 2000. Foto: © Luca Sola / MSF
Prisioneros esperando autorización para salir a los espacios communes, después de 14 horas en la celda, en la prisión de Chichiri (Blantyre). El hacinamiento es un problema crónico en Malawi. En esta prisión de la imagen fue construida para unos 800 prisioneros, pero en la actualidad malviven en ella unos 2000. Foto: © Luca Sola / MSF

«Vengo de un lugar llamado Hosana (en Etiopía), que es principalmente rural. Allí la gente se dedica a la agricultura. En mi región no hay comida y la sequía es continua. Trabajé en Sudán del Sur durante dos años. Iba de un lado a otro, haciendo lo que podía: agricultura, pequeño comercio y transporte de mercancías. Pero, ¡ay!, ese no es un país pacífico. (…) Gané lo suficiente para seguir moviéndome, y por medio de Sudán del Sur me fui a Uganda y luego a Kenia. Tenía poco dinero, el suficiente para pagar un viaje en camión a Tanzania. Sí… Quería ir a Sudáfrica porque allí puedo trabajar y ganar dinero de verdad. […] Cuando llegué a Malawi me arrestaron. (…). Me trajeron a Maula… Yo había llegado a Malawi en octubre de 2014 y me detuvieron en algún momento en noviembre o diciembre, después de un mes en el país. No hubo un juicio, no. Ya llevo muchos meses aquí. Nueve meses, creo. ¿Cuánto tiempo más tengo que quedarme?”. Es el testimonio de Tasfaya Lanago, de tan sólo 18 años, recogido por Médicos sin Fronteras gracias a que gestiona la clínica de la prisión. Todos los entrevistados hablan de detención por ‘entrada ilegal’, y todos se quejan de las infames condiciones de vida en la prisión, en la que están sin haber cometido ningún delito.

Se calcula que en la prisión de central de Maula, en Lilongwe, capital de Malawi, hay más de 200 etíopes, todos encarcelados en las mismas circunstancias, detenidos en el tiempo cuando ya estaban más cerca de llegar a Sudáfrica, un destino donde, en caso de llegar, su vida no será tampoco fácil, pero donde tenían puestas sus esperanzas. Ahora, después de meses hacinados en Maula, algunos ya no tienen ni ganas de proseguir su viaje, sólo quieren volver a casa: “Ahora veo cómo son las cosas. Es demasiado difícil. Aquí en la cárcel dejas de sentirte un ser humano. Lo hemos perdido todo… Mira, los zapatos que tengo me los dio un amigo en Dzaleka. He pasado por el bosque y lo he perdido todo. Dormimos sobre un suelo de cemento. Por la mañana nos duele todo. Y lo que nos dan de comer es malo, muy malo. No hay jabón., no hay nada. Rezamos todos los días para volver a ser libres pronto”, explica Abebe Aleme. Emmanne Shahah confirma sus palabras: “Cuando salga de aquí quiero regresar a Etiopía. Ya no tengo energías para seguir el viaje».

Sin embargo, no volverán indemnes. Algunos han contraído una deuda para pagar su viaje: ya sea en Etiopía o a través de lo que llaman “el receptor”, alguien que les está esperando en Sudáfrica con un trabajo en su tienda o negocio. “Él paga el viaje. El mío pagó 70.000 Birr (aproximadamente 3.378 USD) y ahora tengo una deuda”, explica Shahah. “Mis amigos tienen también un receptor”, asegura. La salida de Malawi, ya sea hacia su país de origen o finalmente a Sudáfrica, no será fácil para ellos.

El reparto de alimentos sólo se realiza una vez al día en las prisiones de Malawi, lo que a menudo provoca enfrentamientos por la comida entre las personas encarceladas.
El reparto de alimentos sólo se realiza una vez al día en las prisiones de Malawi, lo que a menudo provoca enfrentamientos por la comida entre las personas encarceladas. Foto: © Luca Sola / MSF

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