Death Metal Angola, o cómo expulsar el horror de la guerra a través de la música

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A lo largo de mi vida he visto a las más legendarias bandas de rock (españolas, europeas, brasileñas, australianas o estadounidenses) explicar lo que para ellas significa este tipo de música… Sin embargo, he tenido que descubrir el documental Death Metal Angola para comprender, en toda su dimensión, lo que significa ser un verdadero rockero.

Death Metal Angola: el sueño de celebrar el primer festival de rock del país en Huambo, una ciudad brutalmente castigada durante la guerra civil.

Porque todos hemos oído alguna vez que el rock es fuerza, felicidad, revolución, alegría, rebeldía y, en definitiva, un estilo de vida… Pero no es lo mismo escucharlo por boca de un occidental (por muy marginales que sean sus orígenes), que en los labios de un joven angoleño que ha vivido en sus carnes los horrores de la guerra y ha descubierto en el rock el medio más eficaz para vomitar todo ese dolor acumulado durante décadas.

De eso trata, ni más ni menos, Death Metal Angola, una historia que adquirió forma de largometraje el año pasado, tras caer en las manos del cineasta estadounidense Jeremy Xido. Las imágenes, sin embargo, corresponden a 2010, cuando Sonia (la responsable de un orfanato) y su novio, Wilker, deciden volcar todos sus esfuerzos en hacer realidad su gran sueño: que Huambo, la ciudad en la que viven, sea capaz de albergar el primer festival de rock de Angola (algo que ya habían intentado, sin éxito, Benguela y la capital, Luanda).

Conseguirlo no será sencillo, como tampoco lo había sido la historia reciente de Angola, que Sonia va recordando con toda su insoportable crudeza: la devastación y brutalización de Huambo (donde los bombardeos de la interminable Guerra Civil angoleña golpearon con mucha más fuerza que en cualquier otra ciudad del país), las minas antipersona, los huérfanos durmiendo en las calles… Y como medicina para toda esa desolación, el rock, una forma de música que  arraigaría en Angola hace una década en su versión más dura: el death metal o black metal. El mejor vehículo, según Sonia, para expulsar todos esos demonios acumulados en lo más profundo de la juventud angoleña.

Entre los preparativos del festival y la presentación de los grupos que actuarán en él (Dor Fantasma, Before Crush o Black Soul, entre otros), la pareja protagonista va contando los esfuerzos realizados a lo largo de los últimos años para dar un techo a los 55 huérfanos que conviven con ellos. Y también para conseguirles un avión rumbo a Benguela en 1998, cuando la conflagración volvió a reactivarse. Los chavales, por su parte, explican lo importante que ha sido Sonia en sus vidas (a la que consideran una madre, o más bien un ángel) y heredan de Wilker la pasión por el death metal (de hecho, algunos forman parte de una banda de death metal en la que él pone la voz y la guitarra solista).

Así termina la película, con todos los chavales del orfanato imitando a sus ídolos, aunque sin guitarras ni baterías.

 

A medida que se aproxima la fecha para la celebración del megaconcierto se van destapando los nuevos problemas de Angola, un país de contradicciones, que en menos de 30 años ha pasado de la devastación más absoluta al boom económico derivado de la exportación de petróleo. Estos problemas se resumen en esa insoportable lentitud para conseguir cualquier cosa, desde unos altavoces hasta una exigua ayuda institucional con la que ayudar a la organización del evento (cuyo protagonista, el rock duro, no es políticamente muy correcto).

Al final, Wilker tendrá que poner de su bolsillo 2.000 de los 3.000 dólares necesarios para el alquiler de todo el equipo de música (un dinero con el que pensaba costear sus estudios de programación informática). El joven angoleño lo lamenta, pero no demasiado: “El dinero sólo es papel, y a mí eso no me importa demasiado…. Lo que realmente me interesa es el rock”. Aunque con más de cinco horas de retraso, aquel concierto consiguió celebrarse y resultó todo un éxito. De hecho, el Festival de Rock do Huambo (cuyo lema inicial rezaba “El rock nunca morirá”) ha celebrado en septiembre de 2013 su cuarta edición…

Por un futuro libre de guerras para Sonia, Wilker, los huérfanos angoleños y toda África… ¡Larga vida al Rock!

 

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