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Un chico con el que coincidí en Marruecos decía que a él todo eso del Desarrollo le parecía muy bien pero que las cosas sólo cambiarían cuando se produjera un crack económico, como el del 29, y el sistema volviera a construirse de nuevo.

Hombre, lo de ahora no parece que vaya a acabar con el sistema, pero sí puede cambiarlo de alguna manera. Por ejemplo, frente a los PIGS han surgido los MAVINS (México, Australia, Vietnam, Indonesia, NIgeria y Sudáfrica) que, según informa GuinGuinBali, “representan el 6% de la Economía mundial y se están ganando el respeto de los economistas“; frente al par de añitos duros que el FMI predice para España, el mismo organismo augura un crecimiento medio del 6% para la región del África subsahariana, -con Ghana liderando al ritmo del 20%, nada menos- y *****************

Por supuesto que el cambio no será de un día para otro ni se producirá de forma homogénea en todo el continente. No podemos comparar a Sudán, Somalia o Congo con Sudáfrica, Senegal o Mozambique, igual que hace 40 años no se podía comparar a España con Francia o Gran Bretaña.

Y aunque a lo mejor nos parezca impensable, yo creo que el cambio no está tan lejos. Simplemente nos cuesta creerlo porque nuestra generación nunca ha vivido una transformación tan grande como sí la vivieron nuestros padres. Me explico.

Todo esto viene a cuento de una cosa que me hizo pensar mi padre con un simple comentario que me hizo cuando vino a verme a Sudáfrica. Una mañana temprano salíamos de ohannesburgo y por la carretera nos encontramos con hileras de gente que iba andando a sus trabajos. A lo mejor les llevaba una hora, o a lo mejor dos, no sé. Tampoco sé las distancias, porque soy malísima para eso, pero puede que tuvieran que caminar 5 o 10 kilómetros.
Yo comenté algo así como “Qué barbaridad, que la gente no tenga dinero ni para coger un autobús para ir al trabajo”. Y él, con toda la tranquilidad del mundo, me respondió. “Pues sí, una pena. Me acuerdo cuando me iba yo andando a Campamento para no coger el autobús desde Alcorcón, que con el paseíto me ahorraba 10 pesetas cada día”.

Son cosas que a nuestra generación le parecen imposibles pero que no hace tanto se hacían en España

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