La economía, una y otra vez lo mismo

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Diferentes analistas y políticos españoles se indignaban hace unas semanas -“Van a por España” llega a titular El País”- por el hecho de que la prensa británica nos haya incluido en el grupo de los PIGS –para hacer referencia a Portugal, Irlanda, Grecia, además de nosotros- (por cierto, Wikipedia ya recoge el término) obteniendo con la nada casual ordenación de las letras un pobre animal del cual no se entiende que tenga tan mala fama si de él se aprovecha todo y sale ese producto que tanto nos gusta y tan bien exportamos.

El caso es que nos indignamos, y puede que con razón, mientras dedicamos páginas de nuestros periódicos a explicar por qué no estamos tan mal como los otros –“vaya tres, esos sí que están mal”- en lugar de a qué y cómo deberíamos hacer para mejor la situación.

No nos gusta tampoco –como no podía ser de otra manera- que tipos como el gurú de la Economía Nouriel Roubini, el mandamás del FMI, Dominicque Strauss-Kahn, o Joaquín Almunia hagan unas declaraciones y nuestra bolsa se desplome, encima un viernes por la tarde, oiga, que así no hay quien pase un fin de semana tranquilo- ni que las empresas de rating nos hayan bajado la valoración y ahora tengamos que pagar más por lo mismo.

Lo mismo le pasaba semanas atrás a los islandeses, que andan de uñas contra su gobierno porque, ateniéndose a la legislación internacional, no le queda otra que pagar –y muy caro- los desmanes cometidos por sus bancos en el extranjero –especialmente en Inglaterra y holandeses- si quiere seguir teniendo crédito internacional. La cosa es así: los modernos bancos islandeses que operaban por Internet lograron los depósitos de miles de ciudadanos extranjeros hasta que llegó el batacazo y, pum, de repente no había dinero para devolver su inversión al señor de Manchester, o al de Amsterdan, que había invertido en él.

Así que el Ejecutivo de Londres se hizo cargo de la situación, pagó religiosamente a sus ciudadanos y, claro, ahora exige la pasta a Reykiavik. Esto ha pasado ya en otras ocasiones, pero nunca de una manera tan flagrante: debido a la poca población de Islandia, resulta que si el Gobierno quiere pagar sus deudas, cada islandés toca, nada más y nada menos, que a 12.000 euros por persona. Se diría que hasta la misma Naturaleza exige venganza y ha mandado la famosa nube volcánica a toda Europa, pero especialmente a Inglaterra, donde parece que se ha instalado para, como dijo Churchill, aislar a las Islas del Viejo Continente.

Mientras tanto, “pues no pagamos y punto”, dijeron en el referéndum los ciudadanos. Pero ahí, precisamente, es donde entra en juego el ‘orden financiero internacional’, que es de lo que yo quería hablar aunque he dado un poco de vuelta para llegar al asunto.

El FMI ofrece 6.000 millones de euros para un programa de ‘rescate’ para el país, pero, siempre y cuando afronte sus deudas. Si no, no verá ni un duro, como ya le ha dicho Finlandia, que es uno de los que pone la pasta del FMI. (Porque el FMI, igual que la ONU en sí mismos no son nada. No son órganos buenos ni malos, no actúan. Son los países que los controlan y los que ponen el dinero para cada una de sus operaciones, los que toman las decisiones).

¿Y a qué viene todo esto y qué relación tiene con África?

Pues que esta situación nos puede ayudar a entender la que han vivido algunos países africanos –y también latinoamericanos- durante los años 80 y 90 y cómo es posible que estén ahora peor que en la década de los 70.

Seguro que económicamente decir esto es un disparate y no se me ocurre, por supuesto, pretender comparar Ghana con Islandia o con Grecia. Sólo digo que sirve para entender por qué ciertos países han ido hacia atrás en lugar de para adelante, y eso a pesar de los millones de dólares y euros recibidos en ayuda, ayuda, por cierto, sobre la que también habría mucho que hablar.

El desarrollo de los acontecimientos no fue exactamente igual al actual, pero las consecuencias sí vinieron a ser las mismas, aunque agravadas en extremo al tratarse de países que provenían de un nivel económico infinitamente inferior.

En los años 70, muchos países africanos pidieron préstamos al exterior para poner en marcha sus estados, sus universidades, sus policías, su servicio de educación… Ellos se lo pedían a otros gobiernos y organismos internacionales mientras que Islandia lo conseguía a través de inversores extranjeros a los que ofrecía una alta rentabilidad.

Ni unos ni otros invirtieron bien este dinero: en un caso se lo quedaron los gobernantes, corruptos; en otro, los banqueros, los que invertían en bolsa y los grandes analistas que ganaban sueldos multimillonarios.

Pero la cosa funcionó durante unos años tanto aquí como allí. Hasta que se produjo el cataclismo. En un caso fue la brutal subida de los tipos de interés del dinero provocando una enorme deuda externa en decenas de países y en el otro el batacazo de la banca financiera.

Al final, no queda otra, los ciudadanos a pagar. Y como está pasando en Grecia, ajuste estructural para todos. En Europa, esto supone una vuelta atrás en el Estado del Bienestar, reducción de sueldos, disminución de ayudas… En África y Latinoamérica significó, casi literalmente, la desaparición del Estado: no había dinero para escuelas, ni hospitales ni servicios públicos ni nada de nada. fue lo que se llamó la ‘década perdida’ de África. Puede que en un futuro, los economistas hablen de la ‘década perdida’ de Europa, en referecia a estos primeros años del siglo XXI.

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